Layo sobrevivió a la herida que le infligió
su hijo, volvió a Tebas, leyó a Freud y reformó el código
penal a la luz del "complejo de Edipo". Después, en aplicación
de la ley, dio la orden de encarcelar a todos los hijos del reino.
Mi hijo de seis años me dijo ayer con asombro: "¡Te has comido
tres rosquillas!". Luego reflexionó un instante: "O sea, que
si te hubieses comido cuarenta y siete más, ¡te habrías
comido cincuenta rosquillas!", y me miraba casi retrocediendo, un poco
amenazado por este monstruoso apetito que, de haberse comido cincuenta rosquillas,
se habría comido sin duda la caja entera y le habría dejado a
él sin ninguna. Mi hijo, es obvio, está aprendiendo a sumar y
se muestra menos impresionado por mi desmesurada afición a las rosquillas
que por la posibilidad de contar y por el vértigo de las cifras altas.
Pero si mi hijo reuniese en su persona los poderes legislativo, ejecutivo y
judicial, podría resultar temible a la hora de proteger las galletas
que le gustan. Deslumbrado por el descubrimiento de la lógica, podría
interpretar todas las amenazas -y redactar ordenanzas y dictar sentencias y
aplicar castigos- a partir del principio irrefutable de que "3+47 son 50".
Después de demostrar que, puesto que cualquiera puede sumar a 1 infinitas
unidades, entonces cualquiera puede -y todos quieren- comerse infinitas galletas,
mi hijo mandaría arrestar a todos los ciudadanos del reino para impedirles
dejar el mundo sin golosinas.
Entre la (psico)lógica y la lógica, poros del totalitarismo que
convierten las distinciones en gelatina, está el Derecho, que se resigna
a la pobreza de los hechos mediante la presunción de inocencia, la evidencia
de las pruebas, la independencia de los jueces y otras zarandajas. Pero eso
se ha acabado. La lógica y la (psico)lógica, recursos de fuerza
de los fuertes que no pueden ya permitirse el respeto de las formas, ha allanado
todas las garantías. En Italia, Francesco Caruso y sus diecinueve compañeros
"desobedientes" llevan quince días en cárceles de máxima
seguridad por haber arrojado unas alcachofas a la policía, y esto en
aplicación del código penal redactado por Arturo Rocco, ministro
de Mussolini, todavía en vigor en la Segunda República. En Francia,
el Tribunal Supremo acaba de confirmar la pena de 14 meses de cárcel
para José Bové, de la Confederación Campesina, acusado
de no ver ventajas en los Organismos Genéticamente Modificados, en un
proceso cuyos precedentes hay que buscarlos en el régimen de Vichy. En
España -en España- los tres jóvenes okupas de Valencia
detenidos el 15 de noviembre siguen en la cárcel de Picassent por amar
a la Humanidad fuera del matrimonio; otros cinco jóvenes, esta vez madrileños,
pasaron a disposición judicial hace unos días después de
que el domingo 24 fueran apaleados por la policía por no querer esperar
a que el Real Madrid ganase su décima copa de Europa para salir a la
calle. Hace también unos días, el auto nuevo de Garzón
atropelló otra vez el sentido común imputando a 20 dirigentes
abertzales el delito de haber pertenecido a un partido político legal
que iba a ser ilegalizado por contar entre sus dirigentes a personas que iban
a ser imputadas por haber pertenecido a un partido político legal que
iba a ser ilegalizado por contar entre sus dirigentes a personas que etcétera
y ad infinitum. Europa se vuelve a llenar, como en los malos viejos tiempos,
de presos políticos.
Como corolario de esta exhibición de lógica y (psico)lógica,
el 28 de noviembre la policía española ha vuelto a desactivar
el GRAPO, el Fénix del "terrorismo" internacional. Mientras
Aznar ayudaba a Bush a preparar la muerte de cuatro millones de irakíes,
los presuntos miembros del GRAPO detenidos preparaban -quizás- el asalto
a un banco; mientras una peligrosísima red de compañías
petrolíferas, armadores y aseguradoras hundían una nave con 70.000
toneladas de combustible frente a las costas de Galicia, provocando el mayor
desastre ecológico de la historia de Europa, los presuntos miembros del
GRAPO detenidos planeaban -tal vez- la extorsión a un empresario. Que
nadie piense que yo, defensor de la expropiación pacífica y legal
de bancos y multinacionales, estoy haciendo apología del atraco; me limito
a enumerar, mezclados, grandes delitos notorios e impunes y pequeños
delitos castigados y todavía inciertos. Porque ni siquiera sabemos qué
estaban planeando los presuntos miembros del GRAPO detenidos; ni siquiera sabemos
si el GRAPO existe o si es tan sólo el nombre que da la policía
a cuatro amigos vencidos a los que reune en la cárcel cada vez que quiere
abultar una amenaza o celebrar un pequeño triunfo a la romana. Lo cómodo
de la lógica es que a partir de los mismos principios llega siempre a
las mismas conclusiones; y lo terrible de la (psico)lógica es que uno
acaba sospechando hasta de la policía. Lo cierto es que la sigla GRAPO
proporciona todas las ventajas de un comodín: a través de ella
se puede controlar, y presionar, a una vaga constelación de izquierdistas
sin acomodo y, si se tercia, inducirlos a la radicalización; y a través
de ella se pueden también legitimar ante la opinión pública
medidas contra el derecho haciendo confluir todo el abanico matizadísimo
de la resistencia política en la tiniebla homogénea de un frente
"terrorista" cosido con gruesas puntadas.
De los siete presuntos miembros del GRAPO, sabemos que tres vuelven a la cárcel
después de haber cumplido una pena de veinte años por no pertenecer
a la Guardia Civil y por no haber torturado a nadie. De los otros no sabemos
nada, ni siquiera si ellos sabían que pertenecían a los GRAPO.
En un régimen regido por la lógica y la (psico)lógica,
la policía acaba por saber de nosotros más que nosotros mismos.
Sospecho que ese es el camino. No sabemos quiénes somos ni lo que hacemos
hasta que el juez de Layo nos comunica los cargos. Puede que yo pertenezca al
GRAPO y no lo sepa. Confieso que no lo sé. ¿Es ya una confesión?
Puede que pertenezca, por la misma razón, al Consejo de Dirección
de la Lockheed Martin y no lo sepa. Pero si no sé que soy del GRAPO,
me registran la casa, me insultan y me empujan a chirona. Si no sé que
soy del Consejo de Dirección de la Lockheed Martin, ¿no deberían
ingresarme en consecuencia los 100.000 dólares mensuales que me corresponden
por ello? Pero la lógica es lógica hasta en eso y castiga con
la imparcialidad de la nieve todas las formas de ignorancia.
Los que piensen que exagero tienen y no razón: yo les estoy hablando
-pongamos- desde el año 2004 y ellos me escuchan -pongamos- desde 1995,
dos fechas entre las cuales -dirán los libros de historia- habrá
transcurrido un siglo. La lógica y la (psico)lógica, que están
comenzando su obra, son siempre precedidas de una (ideo)lógica que prepara
el camino de la nueva legalidad. Con razón intelectuales y políticos
se han burlado de la infantil tendencia de algunos izquierdistas, tentados por
"teorías conspiratorias", que han querido ver en los atentados
del 11-S un montaje de la CIA para adueñarse del mundo. Pero esos mismos
intelectuales y políticos, ¿no están empeñados en
hacernos creer, y lo sostienen con solemne y admonitoria gravedad, que la "civilización"
está amenazada por un contubernio internacional, diabólicamente
coordinado, del que formarían parte por igual Franceso Caruso y Ben Laden,
José Bové y Mohamed Atta, los jóvenes okupas de Valencia,
los globalófobos de Florencia, los pacifistas de ANSWER, los partidarios
de Chavez, Abu Sayef, los comunistas del Nepal, los nacionalistas vascos, la
Yihad, y todos los nombres y siglas que, como en el cuadernito del matón
de El Hombre Tranquilo, el interés y la voluntad de amenaza quieran añadir
a la lista? El presidente tunecino Ben Ali, en el discurso del 7 de noviembre,
acusó a las asociaciones de derechos humanos de servir de soporte al
"terrorismo"; la misma acusación ha dirigido Sharon a los funcionarios
de la ONU en Palestina. La "conspiración" añade siempre
nuevos elementos por concomitancia o contigüidad, en ristras o trenzas
que permiten fecundas combinaciones a la actividad incansable de la lógica
y la (psico)lógica. Por ejemplo: Real Sociedad-Peña Gastronómica-Heriko
Taberna-Gestoras-Kas-Jarrai-Batasuna-ETA-IRA-FARC-Al-Qaida. O también:
Amnistía Internacional-GreenPeace-Sodepaz-Elkarri-Alianza de Intelectuales
Antifascistas-Izquierda Castellana-El GRAPO-Frente de Liberación Corso-Al-Qaida.
Podemos inventar otras, infinitas líneas. Donde quiera que empiecen e
independientemente de la cadena que sigan, todas ellas acaban inevitablemente
en Al-Qaida. Así, como en una especie de levadura paranoica, el contubernio
aumenta, se vuelve cada vez más peligroso, más vasto, mejor ramificado,
tentacular y canceroso, y el mundo entero, si no se lo impedimos, acabará
conspirando contra este último y pequeño baluarte de razón
y cultura superior en el que la Humanidad se ha refugiado con sus Garzones,
sus B-52 y su arsenal nuclear.
De lógica y (psico)lógica, se dice, sabía mucho Stalin.
El novelista Ribakov cuenta que las víctimas de las purgas de Stalin
eran conducidas a la siniestra fortaleza, ablandadas en la celda durante algunos
días y después llamadas ante el comisario, quien les preguntaba
con una sonrisa: "Bien, entonces, ¿de qué te acusamos?".
El detenido se mostraba perplejo. "Vuelve a la celda y cuando lo sepas,
nos avisas". Y el detenido era devuelto a su prisión, donde buscaba
atormentado durante meses y años, con religioso escrúpulo, algun
gesto, alguna palabra, algún pensamiento levantado alguna vez contra
el padrecito Stalin. Mientras no encontrase nada de qué acusarse, seguía
en prisión; si encontraba algo, le condenaban -naturalmente- a prisión.
Mientras exista el Derecho, si existe el Derecho, Caruso y Bové y los
jóvenes de Valencia y Madrid y los dirigentes abertzales y los que son
del GRAPO sin saberlo, son inocentes. Somos inocentes. Frente a la lógica
y la (psico)lógica, en cambio, no lo somos. Confieso que soñé
de niño que mataba a mi padre y que luego, cuando murió hace diez
años, tuve remordimientos. Confieso que, si me hubiese comido 3+47 galletas,
me habría comido 50 galletas. Confieso que quiero cambiar la constitución.
Confieso que quiero cambiar el mundo. Confieso que sueño con una Ley
que meta en la cárcel a Aznar y Bush, a los responsables del hundimiento
del Prestige y a algunos presuntos periodistas. Confieso que a veces he tenido
malos pensamientos y alegrías de las que me avergüenzo. Confieso
que estoy cabreado y asustado. Y confieso que, si me torturáis, confesaré
mucho más. Frente a la lógica y la (psico)lógica jamás
seremos inocentes. Pero es que, frente a la lógica y la (psico)lógica,
no queremos, no debemos ser inocentes. Cuando a Bertolt Brecht, que estaba entonces
en EEUU, le hablaron de las víctimas de los Juicios de Moscú,
a todas luces inocentes, contestó para escándalo de su interlocutor:
"Cuanto más inocentes son, más merecen morir". De nada
servía ser inocente frente a Stalin. Pero, ¿ni siquiera un mal
pensamiento contra él? ¿Nada que reprocharse contra la dictadura
del terror? ¿Es eso ser inocente? Quizás Stalin sólo hacía
realmente justicia cuando encarcelaba a inocentes (de haber conspirado, protestado
o murmurado contra el Partido). En todo caso, no hay nada paradójico
en el hecho de que también los que no habían hecho nada contra
Stalin fuesen castigados por él. Esa es la regla inherente a todo régimen
totalitario: que, en ausencia de Derecho que proteja y distinga a los presuntos
delincuentes, la lógica y la (psico)lógica tratan a todo el mundo
por igual. Un aviso a los que "no han hecho nada" (¡ni siquiera
una palabra o un pensamiento!). Cuando la lógica y la (psico)lógica
se impongan, si la lógica y la (psico)lógica acaban imponiéndose,
como apuntan ya algunos indicios, eso será también un delito.
Tengamos al menos la decencia moral de no ser inocentes contra un régimen
que comete el más horrendo crimen contra la humanidad: el de no reconocer
la inocencia.